Archivos para 26 octubre 2011

Desvelos

Hoy estoy desvelado. Y son muchos los motivos que me llevan a estarlo, entre unas cosas y otras. El negocio, la familia, el futuro… Cada cosa tiene su por qué, su intríngulis intrínseco, su razón de ser y sus propios quebraderos de cabeza.

Ando metido en el mundo literario desde algún tiempo ya, primero como lector empedernido, luego como escritor y ahora también como librero. En estos años, sobre todo en esta última época, he aprendido mucho de muchas cosas, pero sobre todo de la gente que me habla, me cuenta,  me dice, comparte conmigo gustos y aficiones, recomendaciones literarias y vitales, yo detrás del mostrador y ellos delante. Siempre cara a cara.

En estos años las cosas han ido a peor en muchos aspectos, sobre todo a nivel global, internacional y nacional en cosas que nos afectan a todos pero cuyos aspectos básicos a casi todos se nos escapan. Lo noto en la gente, en los rostros de quienes entran en la librería a mirar, preguntar o comprar. Como en botica, hay de todo: lectores críticos y selectivos, bestesellerianos de pro, románticos empedernidos, amantes del libro viejo… Pero todos acaban coincidiendo en una cosa: los libros son caros.

Entiendo que hay libros caros, por supuesto. Entiendo que en los tiempos que corren (espero que se fijen en que no he dicho la palabra maldita) ediciones caras en tapas duras con sobrecubiertas a 23€ están de más, que se podrían ajustar mucho los precios y que un buen lector que se precie y lea tres libros al mes puede verse pagando 60€ mensuales de media para mantener su afición. Hay quien puede pensar que esto no es mucho, pero el que piensa eso tiene el bolsillo en buenas condiciones. A día de hoy para muchos es un dineral difícilmente alcanzable.

Sin embargo, cada vez que voy a un centro comercial lo veo lleno de gente, veo los restaurantes, los locales de comidas preparadas… llenos los fines de semana. Está claro que lo primero es llenar la barriga propia y la de los nuestros pero, ¿en qué sociedad vivimos cuando nos quejamos de que un cedé de música a 10€ es caro o que un libro a 18€ es caro, mientras nos damos la vuelta y pagamos 60€ por un videojuego o 400 por una consola?

Como siempre, la cultura sale perdiendo frente al mero entretenimiento. Y uno de los motivos de mis desvelos es: ¿por qué pasa esto? ¿Por qué nos cuesta tanto ver la literatura como entretemiento por el que vale la pena pagar? ¿Por qué nos cuesta tanto pagar a un escritor por un evento bajo la excusa de que para él es promoción? ¿Por qué cuesta tanto mover a la gente para que acuda a la presentación de una novela incluso cuando es de un autor reconocido? ¿Por qué un programa excelente como “Página 2” está relegado a una emisión dominguera de última hora y “Sálvame” se mueve en horarios prime?

Las prioridades de esta sociedad están corrompidas, en estos y muchos otros aspectos, y eso me quita el sueño. Mis hijos tienen que crecer aquí.

Y eso me acojona de verdad.

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La crisis terminó (Relato)

Hoy es el día en que todo cambia. Ducha, café y un buen desayuno para empezar. El telediario matutino sigue en sus treces de anunciar que nada cambia, que la bolsa renquea como un perro viejo, que nuestra vieja Europa parece haber envejecido aún más y se arrastra por la economía mundial dando vaivenes de borracho. Dejo el sonido de la tele de fondo mientras me aseo. La ducha refresca mis neuronas y, por vez primera en mucho tiempo, canto mientras me enjabono para que me oiga sólo el alicatado. El parloteo continúa, pero no escucho las palabras mientras me lavo los dientes. El sonido del pequeño motor giratorio apaga el ruido de la tele por un instante, dejándonos solos a las cerdas que afilan mi esmalte y a mi. Insisto, como cada mañana.

Capto algunas palabras del televisor mientras elijo algo cómodo para hoy: vaqueros, camiseta y playeras deportivas. Ventajas de ser mi propio jefe. Paso por el salón y veo a tres tipos muy encorbatados y repeinados desde buena mañana (una hora más en la península, eso sí) discutiendo sobre el valor del euro con respecto al dólar, la desconfianza que está generando el mercado de deuda y algunas palabrotas más por el estilo que, a base de insistencia, he acabado hasta por entender.

Algo capta mi atención. Me giro y me encaro con la pantalla plana de 40 pulgadas. Crisis. La palabra mágica. De pronto tomo una decisión: la crisis terminó. Punto y final. Ni una vez más. Es una decisión personal. La crisis se acaba hoy.

 

Cambio de canal y pongo dibujos animados.

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¿Civismo?

Como ya casi todos saben, poseo una librería en el barrio de Siete Palmas (Las Palmas de Gran Canaria). Es un barrio precioso con una gran avenida, muchos parterres y árboles, parques y espacio diáfano. Es un muy buen lugar para vivir, con zonas de recreo, el estadio de Gran Canaria, muy adecuado para hacer deporte, caminar y sacar a pasear al perro a dar largos paseos. Y es que perros hay a porrillo. Yo mismo tengo uno.

Y aquí es donde viene el eterno problema. Me parece lamentable que a estas alturas de la vida, con la concienciación que hay para miles de cosas, aún seamos como somos con nuestras propias aceras, con nuestras calles, como si nuestra casa solo fuera puertas adentro, como si lo que hay cuando se deja atrás la calidez de nuestra vivienda fuera responsabilidad y culpa de otro. Total, para eso pagan a los barrenderos, ¿no? Y yo pregunto: ¿y qué pasa entre turno y turno de barrenderos? Pues que la basura se acumula, meciéndose al pairo y colándose por cualquier rincón.

Pero vuelvo a lo de los perros que es lo que me ha llevado a sentarme ante el ordenador en esta hermosa mañana de Octubre cabreado. Esta mañana ha aparecido una soberbia montaña de heces (de mierda, vaya, pa que nos entendamos) justo delante de la librería. Cuidado, que no hablo de una cosita discreta fruto de la excreción de un terrier o un chihuahua, no… Ahí  está la comida de todo el día de un señor labrador o un buen staford. Me imagino el pensamiento del dueño del perro (al fin y al cabo el animal bastante tiene con no hacerlo en su casa): “Paso de recogerlo, mañana que lo limpie el servicio de limpieza”. Ahora esa mierda está delante de mi negocio, la gente se asquea cuando la ve, huye de delante del escaparate y da una imagen horrible. ¿Quién va a limpiar esa mierda? Si quiero perderla de vista y que mis clientes no entren con cara de asco a mi librería, tendré que hacerlo yo, querido señor que no quiso limpiar la mierda de su perro. Lo limpio yo.

Como ya dije, Siete Palmas tiene muchos parterres. Y todos, sin excepción están llenos de cagadas de perros. ¿Qué pasa, que el parterre no apesta, que las heces ahí se limpian solas? Aún escucho a clientes que me dicen que si el perrito hace sus necesidades en la acera las recoge pero en el parterre no. O sea, que la diferencia entre limpiarla o no pueden ser diez centímetros que se salvan tirando un pelín del animal para que ruede el culo. ¡Y ya está! Asunto resuelto. ¡Qué a gusto me vuelvo a casa! Muy bien, bravo. Pero al final resulta que vuelvo a tener un montón de heces delante de mi negocio, pero en vez de en la acera en el parterre que está diez centímetros más alla.

Eso sí, seguro que la casa de ese dueño o dueña del perrito o perrita está limpia como los chorros del oro. ¡Así nos va!

Pido disculpas por el lenguaje soez si he ofendido a alguien, pero hay que llamar a las cosas por su nombre. También debo decir que hay mucha gente cívica que hace las cosas como debe ser y limpian los restos que van dejando sus animales. A todos ellos, ¡gracias!

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